martes, 27 de abril de 2010



LA HOJA DE PAPEL

El universo, la nada misma suscitada en una hoja de papel, es la muestra más próxima que tenemos de lo infinito, ¿cómo llenarla?, ¿con que? y Ante todo ¿por qué?
El croquis, boceto, pareciese ser que hay una convención un”modo” de hacer bocetos o croquis muy usado en estos tiempos, el cual provoca el no llegar a comprender el porqué del dibujar y la importancia de realizar este ejercicio.
No se trata de estar dibujando=copiando, esta ecuación la podríamos cambiar por dibujar=analizar y con este nuevo resultado puede ser que nos encontremos con la posible pregunta y ¿ahora qué hago?
Ante una hoja de papel uno puede sentirse expuesto ya que en esta hoja reflejara nuestra forma de encarar los problemas, la personalidad, etc.., tal cual un ronschat pero sin imagen.


(1)test de ronschat




A continuacion dejo una serie de consejos dado por el Profesor de historia Joaquin Lorda de la Universidad De Navarra.

PROPORCIONES

No hay recetas para las proporciones.

Un dibujo lento permitiría proporcionar un edificio, partiendo de cuadrados. Pero, en general, no hay tiempo; hay que lanzarse. Es algo semejante a un salto de altura; hay que intentarlo repetidas veces, pero al fin, el salto debe ser instantáneo: no podemos conformarnos con un dibujo detenido y laborioso.

Los defectos más comunes en las proporciones son las exageraciones: lo largo, se hace decididamente más largo, y lo alto se hace más alto. Hay personas que alargan desmesuradamente las columnas; o aumentan la longitud de un palacio.

Muchas personas, porque escriben con letra inclinada o miran demasiado de costado, inclinan sus dibujos. Y es muy frecuente dibujar más grande o alto el lado derecho de una figura simétrica.

Para corregirse de estos defectos, o al menos para advertirlos, conviene mirar alguna vez el dibujo del revés y al trasluz. Nuestra percepción que no percibe defectos en un sentido detectará inmediatamente los de sentido contrario.

DIBUJO RÁPIDO CON TRAZADOR

Es bueno que dibujar con cualquier cosa que manche; un bolígrafo o un rotulador que tengamos a mano. Hace años estaba convencido de que el mejor instrumento sería un rotulador; ahora creo que lo ideal es dibujar con el bolígrafo más barato posible, que permita trazar líneas tenues de apoyo, y reforzar algunas otras apretando.

líneas

Si sabemos qué nos interesa dibujar, basta la intención: se trata de trazar líneas que sigan la dirección que nos parece que sugieren los elementos. Los dibujos de la fig 4 hube de hacerlos de memoria sobre el motor un autobús que nos llevaba a Burgos en un viaje de estudios, tras descubrir que había olvidado la documentación: están dibujados con el fin de fotocopiarlos y repartirlos entre los asistentes; y están resueltos con líneas simples y unos rayados elementales: un mínimo recordatorio; mediocre, pero suficiente.

sombras

Sombras rápidas. Los grandes contrastes. Eficaz en dibujos pequeños, o realizados muy rápidamente.

rayados

Los dibujantes de arquitectura del siglo XVIII sacaban partido sobre todo de los rayados. En el detalle de una vista romana del pintor Canaletto se observan rayados rápidos siempre en la misma dirección. Los rayados sugieren a la vez sombras oscuras y cielos luminosos, colores y texturas. El dibujo conserva la vibración de las transparencias de sombras y reflejos, que nunca son opacos, y es una buena lección.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/brochure-druso-001.jpg

texturas

Reproduzco unos dibujos de un concurso convocado en 1898 por Brochure Series (véase: nº 11, November, 1898); su jurado estuvo compuesto por Bertram G. Goodhue (del que hablaremos) y por Charles D. Maginnis; los dos eran dibujantes a pluma excepcionales (sobre Maginnis, véase: Pen Drawing, 1898; sobre Goodhue, véase Architectural and Decorative Drawings, 1914). Se trataba de interpretar a pluma una fotografía del arco de Drusus; así de denominaba un tramo del acueducto antoniniano, que servía a las termas de Caracalla en Roma. Concursaron más de 120 arquitectos o estudiantes; y los más destacados aparecen aquí (fig 5-10). Son dibujos bastante elaborados, poco sueltos; pero como representan exactamente la misma figura, se aprende en ellos cómo expresar materiales de todo género.

gota negra

Este género de dibujo es idóneo para ilustrar; se trata de manchar con la sombra mínima, que permite realzar los volúmenes, e insinuar algunas texturas menudas que sería penoso detallar más.

Los dibujantes alrededor de 1800, como el ilustrador John Flaxman (1755-1826), aprendieron a dibujar con solo líneas perfectas y ligeramente valoradas, del refinado dibujo de figuras que adornaba las cerámicas griegas; pero es necesario entrenarse muchísimo -y poseer un pulso extraordinario- para lograr una línea así: fina, segura y continua.

Si se prescinde de este extraordinario perfeccionismo, es muy fácil dibujar cualquier cosa, sólo con líneas y gotas de sombra.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-002_resize.jpg

Las texturas muy complicadas suelen ser muy repetitivas, y se reducen con facilidad a puntos y zonas de sombras; incluso en ejemplos tan desconcertantes como la elaborada fachada de la catedral de Wells o las arquerías de un claustro: no es difícil; pero hay que saber cómo son, para esquematizarlas: en estos dibujos los arcos están dibujados, muy deprisa, pero se advierte que son arcos, y que son apuntados, y que tienen relieve, mayor o menor: basta para dar la impresión de una trabajadísima pantalla recargada de ornamento, o de una molduración compleja que acompaña a los intrincadas arquerías.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-015_resize.jpg

Ordinariamente, los volúmenes son muy sencillos, y si hay que reflejar solo las masas elementales, basta un rayado rápido. Lo ordinario es que presenten algún acabado y alguna textura: linternas, cornisas, huecos; y quizá algún adorno más.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-005_resize.jpghttp://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-007_resize.jpg

Los grandes edificios tienen siluetas peculiares: hay que concederles una atención prioritaria; el resto se puede dejar esbozado.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-009_resize.jpghttp://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-010_resize.jpg

Y los grandes edificios muestran una cierta cantidad de arcos, nichos, ventanas: ordinariamente están horadados por cuantiosos vanos. Es muy fácil dar la sensación de una infinidad de ventanas que se abren ordenadamente en una gran superficie. Según la escala y el grado de ornamento se requiere detenerse un poco más: pero nunca mucho. Cuanto más dibujado esté un elemento singular dentro del conjunto se hará notar más, recabará demasiada atención, y estropeará la vista del conjunto.

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Los muros poseen a veces texturas muy marcadas: en general es muy fácil indicarlas; y es un bonito descubrimiento el que no es necesario dibujarlas completas y con insistencia; pueden sustituirse por algunas breves sombras, e incluso hacerlo solo en algunas zonas, dejando lo demás por sobrentendido: una insinuación es suficiente.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-022_resize.jpg

Las fachadas de los edificios clásicos son especialmente fáciles de resumir. Los dos ejemplos que siguen son significativos. No hace falta dibujar todos los huecos; y menos todavía darles exactamente el mismo tratamiento. Pero no se puede prescindir de informar mínimamente de las molduras y frisos horizontales que articulan la fachada; de los cercos y adornos que señalan los principales vanos (guardapolvos y frontones), y algún elemento especial como las portadas con sus blasones heráldicos.

http://www.unav.es/ha/000-02-METO/robertson/robertson-composition-028_resize.jpg

A partir de ahí, intervienen la experiencia y el gusto personal. En los siguientes dibujos se observa un cierto tratamiento escenográfico, que acusa los despieces, ornamentos y sombras solo en los ángulos, y puede permitirse indicar transparencias a través de grandes vitrales. El segundo dibujo, que copia una acuarela de Beaux-Arts despliega calidades con más libertad -menos formularias- y está especialmente conseguido el efecto de transparencia del ámbito central que se manifiesta a través del gran ventanal de fachada. En definitiva, la escala interviene



FUENTE
http://www.unav.es/ha/000-02-METO/000-02-METO.html#03



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lunes, 19 de abril de 2010


Casa tomada
http://www.juliocortazar.com.ar

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Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.


Casa tomada
http://www.juliocortazar.com.ar

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Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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